sep
07

La vida nos da sorpresas, como dice la canción. No es ninguna novedad.  Quienes sufrieron en sus carnes la violencia reciben el reconocimiento del estado. Pero con matices, esos incansables moderadores del pensamiento político.  Se pueden encontrar en cualquier decisión que afecte a los sufridos ciudadanos, en pro de la convivencia, del buen hacer y de la solidaridad, haciendo gala de los valores propios de un estado Democrático, de Derecho y Libre. No sé por qué, esos adjetivos  me recuerdan aquello de “Una, Grande y Libre“.

Reconocimiento y compensación para quienes fueron víctimas del terrorismo desde 1960. Olvido para los que Franco y sus secuaces reprimieron, torturaron y asesinaron, consolidando aun más, si cabe, la impunidad con la que vivieron y murieron. Quien decidió investigar sobre ello deberá afrontar un juicio acusado de prevaricación que, por si alguien no lo sabe, según el diccionario significa “Delito que cometen los funcionarios públicos al faltar, a sabiendas o por ignorancia inexcusable, a las obligaciones y deberes de su cargo“.  El hecho de atribuir ese delito a quien intenta esclarecer unos hechos delictivos no se ajusta a esos valores con los que se llenan la boca diariamente los defensores de la ley y la justicia, porque la obligación de un juez es precisamente esa, la de investigar y condenar a quienes incumplen o han incumplido la ley. Tal vez los que han decidido en ese sentido son los que prevarican, puesto que si, como dicen, somos una sociedad libre, no deberían limitarse la atribuciones de uno de sus representantes, teniendo en cuenta, además, que ellos mismos se han autoatribuido la facultad de poner en tela de juicio la propia libertad. Paradójicamente, hace unos años, el mismo juez imputado se permitió el  lujo de ordenar la detención de otro asesino, Augusto Pinochet, que ni siquiera era español. En aquella ocasión todos le aplaudieron y apoyaron, mostrando su hipócrita sonrisa ante la opinión pública, seguramente para poder salir en la foto y hacer creer a los que les pagamos el sueldo que están a favor de la democracia y de la justicia.

Que ETA, Al-Qaeda, los cárteles y otros especímenes similares menos nombrados y, posiblemente, más respetados, se dedican a matar no es ninguna novedad. Que los que se dedican a perseguirlos con todos los medios posibles no se cansan de exigirles que dejen las armas, tampoco. Pero nadie mueve ni un dedo cuando alguno de esos proscritos intenta rectificar y volver al redil de la democracia, esa misma con la que nos bombardean cada día en sus opacos discursos. De nada sirve el gesto, aunque se les haya exigido. No es creíble. Sí lo es acusar a un juez de no cumplir con su deber cuando, precisamente, es lo que hacía.

Dejando a parte la ideología política que, al fin y al cabo, no sirve para nada más que para acumular seguidores y consegir el poder, intentar sanar las heridas que nos deja cada día este mundo absurdo en el que vivimos a través de una reflexión colgada de un lugar indeterminado en el espacio, resulta poco más que ingenuo. Sabido es de todos que la indiferencia es la única reacción que se puede esperar de esos individuos encorbatados, bien peinados y afeitados, serios, honrados, buenos esposos y padres de familia y mejores hijos que nos invaden a través de los medios de comunicación para asegurarnos que su objetivo consiste en aportar a nuestras vidas la seguridad necesaria para que nos desarrollemos como personas y transmitamos a nuestros descendientes los valores que hacen de nuestro país un lugar donde podemos vivir en paz, expresarnos con toda libertad y creer en aquello que nos parezca oportuno sin temor a padecer ningún tipo de discriminación o represión por cuestión de sexo, condición, religión o cualquier otro motivo. Para ello nos recuerdan que sus decisiones son tomadas con la finalidad de proporcionarnos el bienestar que merecemos. En el nombre de la Democracia, la Justicia y la Libertad.

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sep
06

A menudo sentimos impotencia ante ciertos hechos. Esa sensación nos hace reaccionar de formas diversas, desde la indignación hasta la depresión. Intentar luchar contra molinos de viento, emulando a Don Alonso Quijano a lomos de su fiel Rocinante, puede convertirnos como a él en locos desquiciados, capaces de cualquier acción absurda, a ojos de quienes por gracia divina poseen la certeza del bien y del mal.

Observar a diario hechos incomprensibles desde la perspectiva del simple mortal, acrecienta sin duda esa sensación de ahogo que nos lleva, en ocasiones, a la barbarie. Culpar al que se halla en esa situación supone equiparar a quien la provoca con quien la sufre. Desde los altos estamentos se propagan consignas dirigidas al buen hacer y a la sana convivencia. Sin embargo, en la cotidiana existencia, suenan absurdas en ocasiones. No es lo mismo gozar de aquellas prebendas que permiten saciar todas las necesidades, que asumir la obligación de ganarse ese privilegio con la lucha personal o colectiva frente a los abusos de quienes imponen las normas. Así pues, legislar y aplicar las leyes no significa que éstas sean justas. Con la excusa de que no siempre llueve a gusto de todos, se pretende generalizar la justicia en pro del bienestar y la igualdad, no de los humildes ciudadanos que, a menudo, se ven envueltos en escabrosas situaciones de las que nadie les puede librar. O, por lo menos, mitigar sus secuelas. La ley es taxativa. Incluso el desconocimiento de ella no exime de su cumplimiento. Pero tanto quienes deben velar por ello como quienes las aplican, o bien abusan de su condición o hacen la vista gorda, incumpliendo así esas normas que tanto defienden a capa y espada.

Aquellos que sufren o han sufrido alguna injusticia, serán consolados con el argumento de que todos somos iguales y que la ley se aplica por igual, sin distinción, dando ejemplos de personajes importantes que han sucumbido a sus efectos. Sin embargo, tras esa cortina de bondad y esa consigna de la búsqueda del bien común, se esconde la hipócrita condición de quienes la argumentan. No se puede hablar de aquello que se desconoce o no se quiere ver, y aquí debo incluirme, para ofrecer una visión errónea de la situación global. El mundo siempre ha sido monopolio de unos cuantos, aquellos que no tienen necesidades básicas sin resolver. Y quien llega al lugar desde donde se deberían cambiar los conceptos, terminan por acomodarse en sus posiciones e ignorando al resto de mortales. Da igual el color o la base ideológica. El fin es el mismo.

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sep
03

Sucede a diario. Reaccionamos ante cualquier evento o frase que nos llega. No siempre es posible tener la actitud correcta respecto a lo que nos atañe, bien porque es nuevo para nosotros o ya sea porque no sabemos hacerlo, o tal vez porque el concepto que tenemos de lo que acontece es equivocado y no hemos caído en la cuenta de ello.

A veces, la situación en la que estamos inmersos nos hace reaccionar de una forma o de otra, seguramente distinta de la que en condiciones normales sería la opción más correcta. Con el paso de los  años, llegamos a aprender de nuestros errores, a pesar de que ese aprendizaje quede oculto, según el caso, tras el quehacer cotidiano. De humanos es equivocarse, como también lo es rectificar, no siempre a tiempo. Pretender que todo aquello que tocamos alcance la perfección, no es más que un simple capricho, al que tenemos derecho, sin llegar al extremo de querer exportarlo, pero que no está al alcance de todos. Porque, aunque nos pese, somos imperfectos, tal vez la obra más imperfecta de la naturaleza (o de la creación, según creencias).

El ser humano ha evolucionado desde su aparición. Ha conseguido superar infinidad de barreras para llegar hasta donde se encuentra en estos momentos. Vencer las fuerzas que le rodean, a cualquier precio, ha sido su objetivo desde quien sabe que momento de la historia, adquiriendo conocimientos por y para ello y, a la vez, ignorando, conscientemente o no, las consecuencias. En ese vagar por la existencia, desde el inicio de los tiempos, se ha olvidado a menudo la esencia de la vida en sí misma. El hecho de lograr aquello que parecía imposible ha empañado el verdadero motivo que llevó a querer conseguirlo.

A pesar de los logros, la imperfección nos rodea y, aunque hagamos lo imposible por salvar ese escollo, me temo que esta vez se va a quedar en un intento. Aquello que construimos terminamos por destruirlo, y seguramente no somos conscientes de ello. Dicen que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Posiblemente. Aunque más bien creo que no sabemos lo que queremos y por mucho que tengamos nunca llegaremos a valorarlo adecuadamente, a pesar de que haya quien crea que sí. Claro que, en un intento de ser imparcial, también puedo estar equivocado.

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ago
30

Consumimos el tiempo, que inexorablemente nos adelanta para precipitarnos en la confusión cotidiana. El regreso nos llega inoportunamente, atrofiando nuestros sentidos. Desorientados seguimos agazapados en un rincón, como queriendo mantener ese hechizo que nos envolvió durante los últimos días. Pero la realidad va asomando lentamente, mostrando su cara más sórdida, cruzando el umbral inhóspito que marca la frontera con la ficción. O tal vez con aquello que desearíamos.

En cuestión de minutos, retomamos la consciencia de aquel mundo baldío y cansado, regalándonos ese abrazo frío y malsano  que nos eriza el espíritu para que sigamos en la brecha, convirtiendo nuestro tiempo en un manojo de frustraciones que aletarga aquel sentimiento de libertad que ahora nos mira de reojo, escondido en la sombra, acechando por si en un descuido puede asomar. Atrás quedó dar rienda suelta a la vida, saborear cada segundo sin prejuicios y sin ataduras.

Restablecer la normalidad, continuar con esa farsa cotidiana es el objetivo final. Guardamos por fin aquellos deseos en un baúl hasta que dentro de unos meses volvamos a tener la oportunidad de retomar el tiempo perdido, mientras la desidia va calando en nuestro interior para seguir atados a la frustración del día a día.

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ago
27

Comunicar, entretener, informar son conceptos presentes en nuestro día a día. Sentarnos frente a un aparato de televisión forma parte de nuestro quehacer cotidiano. Y por inercia solemos mirar siempre lo mismo. O nos esforzamos en buscar alguna cosa que llene el momento, practicando ese “deporte” tan popular llamado “zapping“. A penas 5 segundos para comprobar el contenido. Publicidad. Una película. Un magazine. Más publicidad. Dibujos animados. Un informativo. Una serie policíaca.  Un programa de humor. Publicidad otra vez. Un documental. Decisión complicada donde las haya.

El largometraje nos lleva a unas situaciones grotescas e increíbles. Los buenos siempre ganan, después de moler a golpes a los malos tras una larga persecución donde los malvados consiguen escabullirse una y otra vez dejando a su paso una estela de crímenes y excesos, burlándose de todo y de todos. O nos traslada a un mundo lleno de absurdidades donde se recrea alguna situación que nos provoca la risa o el llanto fácil.

El programa de sociedad nos muestra las intimidades de alguien que cobra para airearlas, o de aquel a quien persiguen incansablemente unos reporteros plastas que le bombardean con preguntas absurdas. Puede que se trate también de revelar situaciones personales donde el vecino discutió con el marido porque la mujer de aquel le tiraba los tejos. Me he perdido…

Dibujos, aparentemente dirigidos a los más pequeños. Parajes idílicos donde todos los personajes son amigos y se ayudan en lo que sea sin problemas. O tal vez, imitando una película de acción, algún perro galáctico o similar intentará salvar la tierra de los malos, unos gatos perversos que intentan instaurar el odio entre sus habitantes.

El informativo nos da a conocer los sucesos del día. Muertos en un atentado. Accidente de tráfico. Crisis económica. Detenidos en una redada. Secuestros. Inundaciones. El fichaje multimillonario de un futbolista. El consejo de ministros aprueba una ley.

La serie recrea un crimen, un asesino desconocido. Investigaciones sobre pruebas recogidas que ni siquiera son creíbles. Al final el malo es capturado. Para variar.

Humor. Situaciones absurdas con personajes absurdos. O tal vez crítica mordaz de todo lo que nos rodea.

El documental nos traslada a lugares desconocidos con individuos increíbles o a épocas lejanas de las que ni siquiera oímos hablar. Tal vez alguno nos muestre como hacer una buena paella o cual es la forma más práctica de eliminar una gotera. Quizá alguien nos hable de la reproducción del escarabajo pelotero o de mundos perdidos en el espacio exterior.

Ya conocemos la trama de la película e incluso el final. Los cotilleos nos dan exactamente igual. Ya no tenemos edad para los dibujos, aunque unos son demasiado blandos y los otros demasiado duros si nos paramos a pensar en su finalidad. Las notícias nos aburren, siempre son iguales. La serie sigue los mismos pasos que el cine. El humor nos hace desconectar o seguir enganchados a la realidad, según la orientación que se le quiera dar. En cuanto a los documentales o bien tenemos el espíritu muy deprimido y nos conformamos con anotar la receta de los callos con chorizo, o muy abierto para absorber toda la información que nos proporcionan.

Pero siempre nos queda la publicidad. Compresas que no se notan y que eliminan el mal olor. Tampones que se tiran al suelo y ellos solos se ponen. Zumos que son 100% naturales y envasados con todas las garantías. Comida preparada que nos hará la vida más fácil y nos recordará aquellos sabores de la niñez. Coches que no solo nos llevan de un lugar a otro, sino que nos proporcionan todas las comodidades pensadas y por pensar, que corren más que el de la competencia y que son los más seguros del mercado, todo ello al módico precio básico de 30000 €. Sin extras. Detergentes milagrosos que además de quitar las manchas más difíciles respetan los colores y los tejidos. Potentes limpiadores que en un abrir y cerrar de ojos convierten un baño o una cocina mugrientos en relucientes habitaciones donde se podría comer en el suelo sin ningún tipo de problema. Alimento para nuestro perro o gato que le hace más feliz. Muebles que convierten nuestro hogar en una república independiente. Reyes que reparten dinero si te comes una hamburguesa. Cerveza que te traslada al paraíso o que hace que tu equipo favorito gane la liga, o que te da el teléfono de la modelo que la anuncia. Cremas de belleza que eliminan la vejez y te convierten en esa jovencita que rompió moldes o que quisiste ser. Yogures que te ayudan a evacuar o  a no engordar, aunque sean de chocolate. Lavadoras que lo hacen todo solas y que no molestan cuando centrifugan. Frigoríficos que no mezclan olores y que no hacen escarcha. Hornos que se limpian solos. Refrescos que se tiran en paracaídas y que te hacen sentir tú mismo. Bancos que hacen crecer tu dinero y que no te cobran por nada o que quieren ser tus amigos y hablar contigo. Seguros baratos que te lo dan todo o que te llevan a la ópera o a la zarzuela. Móviles que hacen cualquier cosa, ADSL barato y muy, muy rápido, televisión a la carta y muchas ventajas más. Participaciones de un nuevo grupo empresarial que te van a hacer rico. Consejos del ministerio para hacerte la vida más fácil y llevadera. Perfumes que te ayudarán a ligar o desodorantes que provocarán en ti un efecto imán para que todas las mujeres se rindan a tus pies. Jabones que harán que tu piel parezca el culito de un bebé. Condones que nos harán sentir lo nunca sentido. Y con sabores exóticos.

Al final, después de tanto buscar, encontramos aquello que nos transporta fuera de la rutina. Es como si se tratase de una película de ciencia ficción. Tanta cantidad de productos y personajes nos llena de tal forma que terminamos dormidos en el sofá, despertando súbitamente cuando la parienta nos llama para que la ayudemos a hacer la cena o a barrer el comedor o a limpiar el jardín o a pasear al perro o a reparar aquella silla que se quedó coja o a tirar la basura…

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ago
27

Nunca recordamos el momento de nuestro nacimiento. Por más que nos esforcemos. Pero sabemos que cuando somos pequeños nos enseñan a caminar, vamos descubriendo poco a poco nuestro entorno, abrimos los ojos como platos ante cualquier novedad, los sonidos despiertan nuestra curiosidad y, sin prisas, vamos aprendiendo a hablar. Sin darnos cuenta, nuestro cerebro va absorbiendo toda la información que nos llega a través de los cinco sentidos. A medida que crecemos, ampliamos nuestro vocabulario, dejando a un lado los primeros balbuceos, sonidos inconexos que intentan transmitir alguna cosa.

Evolucionamos, se nos proporcionan los medios necesarios para desarrollar y ampliar nuestros conocimientos. Soñamos con un futuro, cada cual el suyo, copiando los patrones que tenemos más a mano. Entendemos lo que nos rodea sin prejuicios ni dobles sentidos.  Descubrimos que alguien de nuestro entorno nos hace sentir algo diferente y nos preguntamos por qué. Comprendemos de golpe que nuestro paso por aquí no es tal y como lo habíamos imaginado. Aparecen los primeros síntomas de eso que llaman inconformismo. O tal vez se trate de una anomalía. Seguramente nunca lo sabremos con certeza. Pero es en ese momento, que a veces se alarga en el tiempo, cuando se cuestiona el entorno, la sociedad, los estamentos públicos, las leyes, aquellos que gobiernan o pretenden hacerlo y a quienes dominan el mundo.

Resulta imposible conocer los entresijos de la mente. Ciertos aspectos que pueden ser normales para uno, no lo son para otro. El motivo por el que existen esas diferencias permanece oculto a nuestro entendimiento. En un momento concreto, aprendimos a leer y a comprender lo que alguien quiso transmitirnos. Por alguna extraña razón, no todos asimilaron esos conocimientos. No es criticable. Aunque a veces esa dificultad para analizar el contenido de lo que absorbemos, puede provocar situaciones absurdas e indeseadas. No se trata de tener la razón o no. Ni siquiera de ser el mejor o saber más que el prójimo. Tampoco es cuestión de menospreciar a nadie por su falta de capacidad para asimilar y comprender.  Ni al revés.

Tras una evolución a lo largo del tiempo, terminamos cerrando una etapa en nuestro vagaje por la vida. Descubrimos la cruda realidad. Tropezamos una y otra vez con los mismos obstáculos. Algunos conseguimos sortearlos, otros siguen ahí. Y finalmente comprendemos que nada de lo que hemos logrado, quien lo haya hecho, tiene nungún valor. Comprendemos finalmente que todo llega a su fin, que abandonaremos este lugar con el mismo  equipaje que teníamos cuando llegamos. Pero ya es tarde. No es posible rectificar.

Habrá quien piense que abordar temas como este es absurdo. Otros creerán que se trata de un intento de sobresalir o de buscar un medio de conseguir aquello que otros logran con esfuerzo físico. Cada uno es libre de pensar lo que crea oportuno. Pero nunca sabremos con certeza si unos opinan víctimas de la ignorancia o si los ignorantes son los que comparten sus pensamientos, sus ideas, transmitiéndolos para que alguien pueda llegar a ellos y, con un poco de suerte, entenderlos. Sea como sea, todos estamos ahí, conviviendo y compartiendo, aunque no queramos asumirlo.

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ago
25

No se puede criticar que alguien haga alguna cosa voluntariamente. Cada cual es libre de tomar sus propias decisiones y de llevar a cabo aquellos actos que crea oportunos, siempre que no perjudique al prójimo. Colaborar con entidades privadas, ONGs o cualquier otro ente tal vez sería una forma altruista de ayudar a los demás. Este planeta está lleno de necesitados, ya sea de alimento, cobijo o, sencillamente, afecto. Hay quien, a través de alguna organización, dedica parte de su tiempo o todo a subsanar esas faltas que otras personas padecen. No hay que menospreciar ese trabajo desinteresado.

Pero, como dice el dicho “con la iglesia hemos topado“. Parece ser que los dirigentes católicos no tienen suficientes fondos para trasladar adeptos a la concentración que se celebrará en Madrid el próximo año. Sí lo hay para el viaje de Benedicto XVI y su séquito. Aunque El Vaticano haya caído en la bancarrota. Un déficit de 5,2 millones de dólares en el año 2009. Es complicado saber de donde sale y a donde va el dinero del estado. Según dicen los ingresos proceden de los donativos de los fieles. Se supone que de aquellos que pueden, dado el nivel de vida que sostienen. Claro que, como sucede en Montserrat, Covadonga o Lourdes, por nombrar algunos enclaves, el negocio de los “souvenirs“, los establecimientos hosteleros y otros negocios adscritos a la Iglesia, deben proporcionar algún que otro dividendo. Y como, según se dice, no pagan impuestos, a parte de los salarios, el mantenimiento y los productos que se suministran, el resto es limpio. Acceder a esa información no debe ser tarea fácil, tampoco me lo he planteado, sin embargo, las diferentes informaciones que se van dando a través de los medios de comunicación, obligan a pensar. A pesar de que cada parroquia tenga su propio sistema de recaudación y sea independiente de la Santa Sede, según dicen, debemos suponer que una parte de esos beneficios iría a parar al Vaticano.

Parece, desde fuera, un gran negocio que, naturalmente, como todos, tiene sus gastos. Pero se plantea una pregunta, para mi, importante. Si hay ingresos sustanciales, si hay gastos que se sufragan con esos ingresos, ¿de donde sale el déficit? O mejor todavía, si un estado tiene déficit porque debe dinero a quien sea ¿se le incluye en un fichero de morosos y se llama diariamente a sus responsables para que paguen la deuda bajo amenaza de demanda judicial? Porque no estamos hablando de mil o dos mil euros o dólares, sino de millones de ellos.

Hay quien ve en la Iglesia una forma de ayudar a los demás o un refugio espiritual. Pero según las Santas Escrituras, el fondo y la base de esa creencia no tiene nada que ver con lo que hay en realidad. Que unos frailes o unas monjas vivan con austeridad dentro de su monasterio o convento, no quiere decir que otros no se beneficien de unos privilegios que no les corresponden, más que nada porque su “ídolo“, Jesús de Nazareth, proclamó exactamente lo contrario. Por cierto, curiosamente  era judío. Tenemos ante nosotros un ejemplo de cómo una filosofía de vida se convierte en un negocio, sin dejar de proclamar esas premisas que no se cumplen. En cambo se nos propone “haced lo que os digo, no lo que hago“, cita totalmente opuesta a lo que, en teoría, se basa su creencia. Por algún motivo se ha tergiversado el significado original de lo que Jesús dijo. Y no hay duda de que esa razón no es otra que el ansia de poder y la avaricia, casualmente un pecado capital.

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ago
25

Hace algo más de diez años celebrábamos la entrada del nuevo siglo, que coincidió con el cambio de milenio.  Parecía que todo debía evolucionar a mejor. Cuando éramos niños imaginábamos el año 2000 como si de una película de ciencia ficción se tratara. Todos con ropa plateada, coches voladores, hogares robotizados… Algunas cosas sí han llegado, prueba de ello es la existencia de esta página. Sin embargo, a pesar del “progreso“, continuamos inmersos en los mismos problemas de siempre, El sistema político, económico, social, etc. continúa igual. Las tradiciones son idénticas a las de hace 30 o 40 años, aunque algunas de ellas han sido “reguladas” por ley o, incluso, prohibidas.

Llama la atención que, curiosamente, desde los altos estamentos políticos y sociales, se postule a favor de la igualdad y la solidaridad entre los distintos pueblos o, a un nivel más básico, entre simples seres humanos. Prohibir según que “tradiciones” puede resultar incómodo y a la vez razonable. La reciente supresión de las corridas de toros en Catalunya ha suscitado una polémica seguramente desmesurada, dado que no ha sido el primer territorio en adoptar esa medida, ni será el último. En cambio, sembrar las calles con diez toneladas de tomates, resulta ser un atractivo turístico, convertido, además, en fiesta de interés cultural.

Es legítimo, sin duda, realizar una celebración que cuenta ya con unos 60 años de antigüedad. Tal vez también lo sea hacerlo tirando a la basura grandes cantidades de tomate. Aquí comienza la paradoja. Se nos pide solidaridad con el resto de ciudadanos del mundo, pero se niega lo más básico a millones de personas que mueren de hambre, mientras toneladas de alimento son sacrificadas para diversión de propios y extraños.

A pesar de haber traspasado la línea entre la ciencia ficción y la realidad, hasta cierto punto, el fondo de la sociedad, de aquí o de cualquier otro lugar, sigue siendo el mismo. Hipocresía, avarícia, poder. Esos son, en realidad, los tres pilares de nuestra civilización. Ni justicia, ni democracia ni nada que se le relacione. Lo único que procede es aquello que provee de suculentos ingresos a quienes consiguen unos privilegios autoasignados que deberían ser propiedad de todos. Desgraciadamente, nada podemos hacer. A parte de patalear, como en este caso, que no es el único. Por lo menos nos dejan el derecho a la “pataleta“, hasta que a algún iluminado se le ocurra legislar al respecto. Mejor no doy ideas.

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ago
13

Desde el albor de los tiempos, el Homo Sapiens (curioso nombre) ha creído en fuerzas superiores. Tal vez por ignorancia de los fenómenos que acontecían a su alrededor y que debían explicar de alguna forma, o tal vez por la necesidad de tener alguna creencia. Es posible que en un principio, cuando nuestros antepasados vivían en “manadas“, esa fe en un ser todopoderoso no pasaba de ser un simple mito que, poco a poco, fue instalándose en su cotidianeidad. Descubrir los usos del fuego, la tierra y el agua, aplicándolos al día a día, desembocó en una forma de vivir totalmente diferente y que, por algún motivo que desconozco, convirtió a esos seres supremos  en lo que ahora conocemos como dioses. Otros continuaron siendo fuerzas ocultas, en la actualidad albergadas por eso que llaman parapsicología.

Sin duda existen fenómenos que no sabemos explicar, ni científicamente ni de ninguna otra forma. Aunque posiblemente la solución a todos ellos será la más fácil que se nos pueda ocurrir. Hoy concretamente, es un día de esos que llaman “especiales“, de los que han hecho escuela. Incluso Hollywood ha sacado tajada de él. Entre la curiosidad y el terror, la suerte y la desgracia, el Viernes 13 ha sido objeto de numerosos comentarios, reportajes, películas, libros… ¿me olvido de algo? Sí, hace ya más de 20 años apareció un virus informático con ese nombre, cuando esa tecnología todavía estaba en pañales en nuestro país, Internet no existía y la única forma de contagiar un PC era la de insertar un disco contaminado. Aún y así, cientos de esos aparatos enfermaron. Curioso hecho, objeto tal vez de otro comentario. Tras este lapsus, me ciño al tema. El día de hoy ha sido y es, para mucha gente, sinónimo de desgracia. Y eso me hace pensar.

Las supersticiones habitan en nuestro entorno y nos poseen a pesar de los conocimientos que hemos adquirido con el paso de los siglos, desde el invento de la rueda hasta la fusión nuclear o la nanotecnología, por poner algún ejemplo. Podemos hacerlo casi todo, asemejándonos cada vez más a esos dioses que veneramos. Incluso se ha conseguido fabricar vida. Pero seguimos atados a unos entes, hechos o fenómenos (como se le quiera llamar) que desconocemos y que condicionan nuestra existencia. Actualmente no se estila tanto, pero el hecho de pasar por debajo de una escalera, romper un espejo, tirar un salero o ver un gato negro (entre otras cosas), nos acerca un sentimiento extraño, un miedo escondido que no atendemos a explicar ni, por supuesto, a entender.

Aquí entran en juego los grandes oradores, aquellos que saben manipular las masas para atraerlos a su alrededor y manejarlos según sus intereses. Podríamos hablar de sacerdotes (de cualquier religión), políticos, videntes, mediums y otros “oficios” que seguramente me dejo en el tintero. Aprovechando nuestra ignorancia, intentan dar explicación a lo inexplicable. Es increíble la capacidad que tienen para convertir aquello que ni siquiera ellos conocen en su pócima mágica para remediar los males de todos. Cabe decir que lo único que sanan son sus cuentas corrientes. Tema para otro comentario, tal vez.

A saber qué nos deparará el futuro, sobre todo después de haber pasado por el día de hoy, en el que muchos habrán puesto sus esperanzas y otros sus temores. Lo que sí queda claro es que mañana volverá a amanecer.

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ago
12

Probablemente y sin saber muy bien por qué, en un momento concreto de nuestra existencia necesitamos identificarnos con algo. Existen múltiples símbolos, ya sea en forma de banderas, estatuas, dibujos, escudos… y un sinfin de objetos que podrían parecernos sacados de un relato de Kafka. Sin duda alguna, esos iconos que veneramos, por algún extraño motivo,  nos inspiran un sentimiento tan profundo que nos convierte en sumisos adoradores de ellos. Identificarse con una bandera o un escudo puede ser normal cuando se trata de un territorio. Sin embargo, a veces tendemos a escoger otro tipo de simbología para identificar una parcela concreta del planeta. Por ejemplo, el famoso toro de Osborne que se alza a lo largo y ancho del territorio español y concede una personalidad diferente al hecho de sentirse miembro de esa comunidad. O el burro catalán, que entra en confrontación con el anterior, por motivos históricos que no vienen al caso.

Es aquí donde comienza la duda. Si bien es cierto que a la península ibérica se la conoce como la “piel de toro“, así como el animal en cuestión es parte de la cultura hispánica (entre otras), conceder el título de símbolo de identidad a una representación gráfica del bovino parece, a mi humilde entender, una forma grotesca de describir a los que habitan por esos lugares. Porque, a parte de mostrar bravura y fiereza, también puede hacer lo contrario. No olvidemos que el toro lleva incorporado otro símbolo que define a aquellos que son engañados por sus consortes. ¿Deberían sentirse identificados con eso los españoles? Pero en el caso de Catalunya, tampoco se debe despreciar el detalle. En un principio, el hecho de escoger a un burro como símbolo inequívoco del territorio se debe al hecho, según tengo entendido, de que existe una especie de asno, conocido como el burro catalán, que está (o estaba) en peligro de extinción. Pero, como en el caso del toro, ¿quiere esto decir que los catalanes son burros? Tenemos una confrontación de identidades a nivel simbológico que puede servir tanto para ensalzar como para humillar. El por qué de la popularidad de ambas representaciones se escapa a mi menguada inteligencia (será que al ser catalán soy burro). En cualquier caso, y respetando siempre los sentimientos de los demás, llegar hasta el punto de venerar a unos animales como haríamos con los mismísimos dioses, no tiene desperdicio. Y habrá quien criticará que los indúes adoren las vacas mientras, curiosamente, muchos de ellos pasan hambre. O tal vez alguien se pregunte por qué una serpiente es el símbolo de los farmacéuticos. Una de dos, o ese reptil posee propiedades sanatorias que desconozco, o describe a todos los boticarios como brujos que crean pócimas y no precisamente para curar.

En cualquier caso, no deja de ser curioso el hecho de utilizar animales para identificar algo o alguien, sin pensar en las posibles contradicciones que conlleva. Claro está que cada uno es libre de venerar a quien quiera o a lo que le venga en gana. Pero eso no es óbice para que el resto pueda interpretar a su manera esas simbologías. Con todo el respeto, naturalmente. Y como no puedo ser menos, tal vez debería adorar algún símbolo, como el resto de mortales. ¿Estaría fuera de los cánones establecidos ser devoto de San Apapucio? Tal vez entraría en concordancia con el hecho de ser catalán y, en consecuencia, burro, si se tiene en cuenta que considero al susodicho santo patrón de los gilipollas.

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